Relatos De Faulkner by William Faulkner

Relatos De Faulkner by William Faulkner

Author:William Faulkner
Language: es
Format: mobi
Tags: prose_contemporary
Published: 2010-07-02T23:00:00+00:00


IV

Estábamos de nuevo abajo, en la cocina oscura. De pie, uno frente a otro.

—Y va a morir —dije—. ¿Cuánto tiempo lleva así?

—Como una semana. Solía pasear por la noche con el perro. Pero hace aproximadamente una semana me desperté de noche y oí aullar al perro y me vestí y subí hasta aquí y lo encontré tumbado en el jardín, y el perro estaba junto a él, aullando. Y lo metí en la casa y lo acosté en esa cama y no se ha movido desde entonces.

—¿Lo acostó? ¿Quiere decir que lo metió en casa y subió con él las escaleras usted sola?

—Metí a Judith en el ataúd yo sola. Él ya no pesa nada ahora. Y también voy a meterlo en su ataúd yo sola.

—Dios sabe que va a ser muy pronto —dije—. ¿Por qué no avisa a un médico?

Gruñó; oí su voz no más arriba de mi cintura.

—Él es el cuarto que va a morir en esta casa sin necesidad de médicos.

Me arreglé con los otros tres. Calculo que podré arreglarme también con éste.

Y entonces, allí en la oscura cocina, empezó a contarme, mientras Henry Sutpen moría apaciblemente arriba, en aquel sucio aposento, ignorado por los hombres, incluido él mismo.

—Tenía que apartarlo de mi mente.

Llevo ya mucho tiempo soportando esta carga, y ahora voy a soltarla.

Escuché de nuevo la historia de Henry y Charles Bon, que fueron como hermanos hasta aquel segundo verano en que Henry fue invitado por Charles a su casa. Y cómo Henry, que debía estar fuera tres meses, volvió a casa a las tres semanas, pues había descubierto Aquello.

—¿Descubierto qué? —dije.

La cocina estaba oscura. La única ventana era un pálido cuadrado en la oscuridad estival que se alzaba sobre la tupida maraña del jardín. Afuera,algo se movía bajo la ventana, algo de grandes y blandas patas; entonces el perro ladró una vez. Luego volvió a ladrar, ahora desatadamente. Pensé con calma: “Ya no me queda carne ni pimienta. Estoy dentro de la casa y no puedo salir”. La vieja se movió; se dibujó la silueta de su torso en la ventana.

—Calla —dijo.

El perro calló unos instantes; luego, cuando la mujer se apartó de la ventana, volvió a ladrar con ladrido frenético, hondo, salvaje, retumbante.

Fui hasta la ventana.

—Calla —dije, sin alzar la voz—.

Calla, muchacho. Quieto.

Calló; el ruido débil, blando y voluminoso de sus patas cedió y cesó.

Me volví. La mujer era invisible otra vez.

—¿Qué sucedió en Nueva Orleans? —dije.

No respondió de inmediato. Estaba absolutamente silenciosa; ni siquiera la oía respirar. Luego, del silencio sin aliento, me llegó su voz.

—Charles Bon tenía ya esposa.

—Oh —dije—. Tenía ya esposa. Entiendo. Así que...

Y habló, no exactamente con más rapidez. No sabría cómo expresarlo.

Era como si un tren que se desliza por el raíl, no a gran velocidad, y sin embargo un pasajero descarrila: algo así sucedió al contarme cómo Henry le brindó a Charles una oportunidad. Oportunidad para qué, para hacer qué: nunca quedó bien claro. No pudo ser para conseguir el divorcio; la vieja me contó que



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